martes, 25 de agosto de 2009

Tortugas y cronopios

Autor: Julio Cortázar

Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.
Las esperanzas lo saben, y no se preocupan.
Los famas lo saben, y se burlan.
Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.

sábado, 22 de agosto de 2009

El rey que no quería bañarse - CUENTO

Autora: Ema Wolf
Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente: En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín enemigo.
Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.
Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llegó el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.
-No me baño –dijo-¡No me baño, no me baño y no me baño!
La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.
-¿Qué pasa majestad? – preguntó el viejo chambelán- ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?-No, no y no –contestó el rey- pero yo no me baño nada.
Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.
Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto grito y tanto escándalo formó para escapar que al final lo soltaron.
La reina Inés consiguió cambiarle las medias,-¡las medias que habían batallado con él veinte años!- pero nada más.
Su hermana, la duquesa Flora le decía:
-¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temés oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte..?
Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar.
-¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo.
Y terminó diciendo en tono dramático: ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?
Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mandó hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo.Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.
Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón.
Vigildo quedó fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!
Ligero como una foca, se zambulló en el agua. Alineó a sus soldados, y ahí nomás inició un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:
-¡Avanzad mis valientes! Glub, glub. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el flanco izquierdo! ¡Por la popa…!- Y cosas así.
La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.
También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos, sus tambores, sus cascos, sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas de rana.
Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.

domingo, 16 de agosto de 2009

Filotea - CUENTO

Autora: Ema Wolf


Filotea tenía que tomar una decisión importante.
- ¿Me tiro o no me tiro?
Miró para abajo.
-¡Gggg! ¡Me da vértigo!
Volvió a mirar.
-¡Gggggggggg!
Se dijo a sí misma: “Filotea, coraje.”
Juntó las manos, cerró los ojos, apretó la respiración, tomó impulso y… no se tiró.
-¿Qué hago?
Se puso rodilleras, muñequeras, zapatos de corcho, un almohadón en el traste.
-Ahí voy. Un, dos, trr…
No fue.
-¡Es tan alto! ¿Y si me estrello? Necesito más protección.
Se puso un chaleco neumático, un casco, un paracaídas en la espalda. Lo último fueron las antiparras.
Entonces sí: pegó envión y zzzzzzzz cayó planeando sobre la vereda sin romperse nada.
Las hojas como Filotea siempre exageran un poco, pero al final, en el otoño, se animan y zzzzzzzz caen.

El canto de los cronopios

Autor: Julio Cortázar


Cuando los cronopios cantan sus canciones preferidas, se entusiasman de tal manera que con frecuencia se dejan atropellar por camiones y ciclistas, se caen por la ventana, y pierden lo que llevaban en los bolsillos y hasta la cuenta de los días.
Cuando un cronopio canta, las esperanzas y los famas acuden a escucharlo aunque no comprenden mucho su arrebato y en general se muestran algo escandalizados. En medio del coro el cronopio levanta sus bracitos como si sostuviera el sol, como si el cielo fuera una bandeja y el sol la cabeza del Bautista, de modo que la canción del cronopio es Salomé desnuda danzando para los famas y las esperanzas que están ahí boquiabiertos y preguntándose si el señor cura, si las conveniencias. Pero como en el fondo son buenos (los famas son buenos y las esperanzas son bobas), acaban aplaudiendo al cronopio, que se recobra sobresaltado, mira en torno y se pone también a aplaudir, pobrecito.

domingo, 9 de agosto de 2009

Los de después sí entendimos - RELATO


Relato del Subcomandante Marcos

Cuenta la historia que, en un pueblo, se afanaban los hombres y mujeres en trabajar para vivirse. Todos los días salían hombres y mujeres a sus respectivos trabajos: ellos a la milpa* y al frijolar**; ellas a la leña y al acarreo de agua. En veces había trabajos que los congregaban por igual. Por ejemplo, hombres y mujeres se juntaban para el corte del café, cuando era llegado su tiempo. Así pasaba. Pero había un hombre que no eso hacía. Sí trabajaba pues, pero no haciendo milpa ni frijolar, ni se acercaba a los cafetales cuando el grano enrojecía en las ramas. No, este hombre trabajaba sembrando árboles en la montaña.
Los árboles que este hombre plantaba no eran de rápido crecimiento, todos tardarían décadas enteras en crecer y hacerse de todas sus ramas y hojas. Los demás hombres mucho lo reían y criticaban a este hombre.
-¿Para qué trabajas en cosas que no vas a ver nunca terminadas? Mejor trabaja la milpa, que a los meses ya te da los frutos, y no en sembrar árboles que serán grandes cunado tú ya hayas muerto.
-Sos tonto o loco, porque trabajas inútilmente.
El hombre se defendía y decía:
-Sí, es cierto, yo no voy a ver a estos árboles ya grandes, llenos de ramas, hojas y pájaros, ni verán mis ojos a los niños jugando bajo su sombra. Pero si todos trabajamos para el presente y para apenas la mañana siguiente ¿quién sembrará los árboles que nuestros descendientes habrán de necesitar para tener cobijo, consuelo y alegría?
Nadie lo entendía. Siguió el hombre tonto o loco sembrando árboles que no vería, y siguieron hombres y mujeres cuerdos sembrando y trabajando para su presente. Pasó el tiempo y todos ellos murieron, les siguieron sus hijos en el trabajo, y a éstos les siguieron los hijos de sus hijos. Una mañana, un grupo de niños y niñas salió a pasear y encontraron un lugar lleno de grandes árboles, miles de pájaros los poblaban y sus grandes copas daban alivio en el calor y protección en la lluvia. Sí, toda una ladera encontraron llena de árboles. Regresaron los niños y niñas a su pueblo y contaron de este lugar maravilloso. Se juntaron los hombres y mujeres y muy asombrados se quedaron del lugar.
-¿Quién sembró esto?- se preguntaban.
Nadie sabía. Fueron a hablar con sus mayores y tampoco sabían. Sólo un viejo, el más viejo de la comunidad, les supo dar razón y les contó la historia del hombre loco y tonto.
Los hombres y mujeres se reunieron en asamblea y discutieron. Vieron y entendieron al hombre que sus antepasados trataron y mucho admiraron a ese hombre y lo quisieron.
Sabedores de que la memoria puede viajar muy lejos y llegar donde nadie piensa o imagina, fueron los hombres y mujeres de ese hoy al lugar de los árboles grandes.
Rodearon uno que en el centro se estaba y, con letras de colores, le hicieron un letrero. Hicieron fiesta después, y ya estaba avanzada la madrugada cunado los últimos bailadores se fueron a dormir. Quedó el bosque grande solo y en silencio. Llovió y dejó de llover. Salió la Luna, y la Vía Láctea acomodó de nuevo su retorcido cuerpo. De pronto, un rayo de luna acabó por colarse por entre las grandes ramas y hojas del árbol del centro y, con su luz bajita, pudo leer el letrero de colores ahí dejado. Así decía:
“A los primeros:
Los de después sí entendimos.
Salud.”


*milpa: maizal
** frijolar: tierra sembrada de frijoles

martes, 21 de julio de 2009

Un señor maduro con una oreja verde - POEMA

Autor: Gianni Rodari
Un día, en el expreso Soria- Monteverde,
Vi subir a un hombre con una oreja verde
Ya joven no era, sino maduro parecía
Salvo la oreja, que verde seguía
Me cambié de sitio para estar a su lado
Y observar el fenómeno bien mirado
Le dije: Señor, usted tiene ya cierta edad;
Dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad?
Me contestó amablemente: yo ya soy persona vieja,
Pues de joven sólo tengo esta oreja
Es una oreja de niño que me sirve para oír
Cosas que los adultos nunca se paran a sentir:
Oigo lo que los árboles dicen, los pájaros que cantan,
Las piedras, los ríos y las nubes que pasan;
Oigo también a los niños cuando cuentan cosas
Que a una oreja madura parecerían misteriosas...
Así habló el señor de la oreja verde
Aquel día, en el expreso Soria-Monteverde.

Una artista - CUENTO

Autora: Ema Wolf

Tengo que contar lo que pasa con mi abuela Eugenia.
Mi abuela Eugenia ama las artes. Todas las artes. Cualquiera.
El año pasado descubrió que podía pintar y eso la puso muy contenta. Se fabricó un caballete. Compró telas, pinceles y pomos de óleo.
Decidió que lo mejor era empezar pintando fruta, como habían hecho todos los artistas célebres. A eso se le llama “naturaleza muerta”. Consiste en poner unas cuantas frutas dentro de una frutera y pintarlas de modo que salgan lo más parecidas posible.
Cuando llegó el otoño juntó manzanas y peras de la quinta. Las acomodó en la frutera, puso la frutera sobre la mesa del comedor y pintó.
Le festejamos mucho el cuadro. Ella se entusiasmó.
El invierno lo pasó pintando cítricos. No dejó una naranja, un pomelo, una mandarina, ni un quinoto sin pintar.
A fines de octubre ya había pintado todo lo que se podía cosechar en casa. La fruta variaba con el correr de los meses; la frutera era siempre la misma.
Colgó las telas de su pieza y organizó visitas de parientes para admirarlas.
Llegó noviembre, que es el mes de los nísperos.
En casa no hay nísperos. El único que los tiene es don Cosme, que vive al lado.
No sé qué habrá pasado por la cabeza de mi abuela aquel día fatal de primavera. Siempre la tuvimos por una persona seria. Pero debe ser cierto que cuando el arte se le mete a alguien adentro, es capaz de hacer cosas que nadie imaginó.
Aquel día mi abuela se coló en el terreno de don Cosme por un agujero de la ligustrina y fue derecho al árbol de los nísperos.
Lo vi todo. Espantoso.
El vecino la pescó justo cuando se descolgaba de una rama baja con el delantal anudado lleno de nísperos suyos.
Me acuerdo de los ojos desafiantes de mi abuela y de sus zapatillas de lana balanceándose a ras del suelo. Don Cosme la miraba petrificado, apoyado el cuerpo en el rastrillo para no derrumbarse. Así estuvieron un rato.
Rojo de vergüenza ajena, don Cosme se metió por fin en el edificio de su casa y mi abuela volvió a la nuestra por el agujero, ofendida porque la habían descubierto.
Rápidamente se puso a pintar los nísperos. Pintó sólo un puñado y completó al frutera con unos cuantos carozos brillantes.
Yo pensé que la cosa quedaba ahí y que nadie más se enteraría.
Pero al día siguiente el vecino mandó llamar a mi papá.
Le contó lo que había hecho mi abuela. Le dijo que la vigilara, que nunca la había creído capaz de portarse así y que era un mal ejemplo para nosotros.
Mi papá volvió furioso. La retó.
A ella el reto le entró por una oreja y le salió por la otra. Estaba cada vez más indignada con el vecino: antes porque pensaba que no era de caballeros pescar a una dama en un momento así; ahora por alcahuete.
Mi papá la obligó a regalarle a don Cosme el cuadro se sus nísperos; al menos eso. Ella obedeció de mala gana. El vecino no supo si agradecerlo o qué.
Desde ese día mi abuela le tomó el gusto al asunto y empezó a visitar otras quintas de la manzana. Siempre con motivo de su arte, se dedicó a levantar fruta madura, bien elegida. Todo a la luz del día, sin esconderse ni ocultar siquiera las huellas de sus zapatillas.
En eso está ahora mi abuela.
Los vecinos se quejan a gritos. Por ellos, ya hubieran guardado todos sus árboles en los dormitorios.
Notamos que cada vez es más lo que se lleva y menos lo que pone en la frutera. Pero sigue pintando.
Van mal las cosas. Debo decir que está completamente sublevada.
La sorprendieron trepada a las medianeras eligiendo fruta con prismáticos, huyendo por debajo de los alambrados y arrojando granadas, que son duras, para retrasar a sus perseguidores. Mi papá tiene pesadillas en las que mi abuela capitanea una banda de forajidos.
Estamos a mediados de enero.
Ella sabe bien que en febrero maduran los higos y no se va a perder el pintar una naturaleza muerta con higos; especialmente esos de cáscara oscura, muy dulces, que crecen en la casa del fondo. Se prepara, creo, para dar el gran golpe.
Armó un artefacto ingenioso para cortar los higos altos: una vara con una tijera en la punta accionada por un piolín y una pequeña red abajo. También consiguió una escalera alta porque la medianera del fondo es alta. Se la pidió prestada al dueño de los higos; el hombre está horrorizado.
Hay que evitar a toda costa que llegue a febrero con esos planes.
Estamos tratando de convencerla de que pinte otras cosas. El mar, por ejemplo, que no molesta a nadie. El problema es que donde vivo no hay mar.
Ella dice que cuando acabe con la fruta va a seguir con los animales.
Eso puede ser peor. No me animo a contárselo a mi papá, pero la encontré dibujando los planos de los gallineros del barrio.