viernes, 31 de mayo de 2019

Pablo- CUENTO

Autora: Elsa Bornemann

El pueblo se llamaba…
Chato y polvoriento, recostado frente al mar, era una cinta de arena y piedra oscura.
Sus habitantes echaron a rodar esa mañana de primavera como una moneda más, sin notar en ella nada diferente.
Al mediodía, la gente se arremolinó en el mercado del puerto, como tantas otras veces.
Aquello sucedió por la tarde. El silbato de un tren pasando a lo lejos fue el sonido que señaló el principio. Justo en ese momento, los pescadores quedaron con las bocas abiertas, mientras cantaban recogiendo sus redes. Y de sus bocas ya no salió ninguna palabra. Lo mismo les sucedió a los vendedores del mercado…
A las mujeres en sus cocinas…
A los viejos en sus sillas…
A los estudiantes en sus aulas…
A los más chicos en sus juegos…
Por más que intentaron, ninguno pudo decir ni siquiera una sílaba. Las caras se esforzaron, sorprendidas, una y otra vez. Fue inútil.
El silencio fue un poncho abierto oscureciendo al pueblo ¿qué pasaba?
De pronto, vieron cómo cinco, diez, cuarenta, cien, dos mil palabras saltaban al aire desde sus bocas silenciosas, tomando extrañas formas. Y tras ellas fueron, amontonándose en desordenada carrera, sin saber adónde los llevaría ese rumbo sur que señalaban.
Hubo quienes siguieron a la palabra “mar”, maravillados por esas tres letras verdes ondulando en la tarde…
Otros prefirieron marchar tras la palabra “sol”, partida en gajo de una enorme naranja…
Algunos se decidieron por la palabra “caracol”… o “viento”… o “telar”… o “mariposa”… o “cebolla”… o “vino”…o…
Pero la que congregó la mayor cantidad de caminantes fue la palabra “PAZ”. Ésa sí que deslumbraba, con una amplia zeta abierta como la cola de un pavo real…
No les fue posible seguir cada una en especial. Las palabras eran tantas, tantas, que muchísimas debieron volar en soledad, chocando entre sí en su afán de llegar primero a… ¿adónde?
Pronto lo supieron. La gente detuvo sus pasos ante una casa grande, mirando con sorpresa cómo por la chimenea, por las ventanas, por puertas y cerraduras, todas las palabras se precipitaban convertidas en una fantástica lluvia de letras.
Llovió durante un largo rato.
Entonces entendieron lo que había sucedido y un temblor los unió. Ésa era la casa de Pablo, el poeta, el hermano del amor y la madera, amigo de paraguas y copihues, caminador de muelles y de inviernos, timonel del velero de los pobres, voz de los tristes, de piedras y olvidados…
Ésa era la casa de Pablo, que acababa de morir…
Las palabras habían perdido su ángel guardián, su domador, su padre, su sembrador…
Ellas lo sabían… Por eso habían sentido su adiós antes que nadie y habían disparado en cortejo, para besar esa boca que ya no volvería a cantarlas…
La noche no se animaba aún a desarrollarse cuando dejó de llover. En ese instante, una niña desconocida salió de la casa de Pablo.
Su vestido blanco fue un punto de azúcar luminoso en la oscuridad. Su pelo en llamas se abrió en antorchas alrededor de su cabeza.
Entonces gritó “¡vida!” y la gente de aquel pueblo que se llamaba… atajó la palabra en movimiento y gritó “¡vida!”.
Entonces gritó “¡Tierra!” y un aullido coreado por todos rajó la noche: “¡Tierra!” Y gritó “¡aire!”… y “¡agua!”… y “¡fuego!”… a la par que de sus manos salían todas las palabras de Pablo, mágicas uvas que repartió entre los que estaban agazapados en torno a ella.
Y esas uvas se unieron nuevamente en ramos verdes…
Y los versos de Pablo se repitieron una y otra vez…
Y se siguieron cantando una y otra vez…
Y retumbaron como tambores en escuelas y carpinterías, en bosques y mediodías, en trenes y bocacalles, en ruinas y naufragios, en eclipses y sueños, en alegrías y cenizas, en olas y guitarras, en ahoras y mañanas… una y otra vez… una y otra vez… una y otra vez… una y otra vez…

martes, 19 de marzo de 2019

Agua - POEMA


Autora: Liliana Bodoc
La lluvia es agua que saltó al abismo.
El mar es agua bravía.
El llanto es agua picante
si baja por tus mejillas.

Agua con hueso es el hielo.
Agua rota, la cascada.
Agua obediente, el arroyo
que baja por las montañas.

¡Cuando el agua tiene sed
desaparece la playa!

Para escribir en un hormiguero - POEMA

Autora: Liliana Bodoc

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sábado, 16 de marzo de 2019

Con la punta de una espina - POEMA


Autor: Juan Lima
Con la punta de una espina
se puede remover la palabra
abrojo que se ha clavado
en la palabra
pantalón

hay que tener cuidado
de pinchar sólo del lado
del revés de la
palabras

cualquier duda
me pueden consultar

la palabra
es un animal
peligroso

jueves, 7 de marzo de 2019

Algarrobo- POEMA


Autor: Juan Lima
Algarrobo (el antiguo)
quebracho (el fuerte)
tabaquillo (el noble)
acacio (el inquieto)
molle (el fresco)
álamo (el flaco)

a cada árbol
le crece un
pájaro

martes, 5 de marzo de 2019

La niña que iluminó la noche- CUENTO

Autor: Ray Bradbury

Había una vez un muchachito a quien no le gustaba la Noche.

Le gustaban
linternas y lámparas
y
antorchas y alumbrados
y
faros y faroles
y
velas y velones
y relumbrones y relámpagos.
Pero no le gustaba la noche.

Se lo veía en
salones y sótanos
y despensas y desvanes
y
alcobas y alacenas
y
escurriéndose por los corredores.
Pero nunca se lo veía afuera…
en la Noche.

No le gustaban para nada las llaves de luz.
Porque las llaves de luz apagaban
las lámparas amarillas
las lámparas verdes
las lámparas blancas
las lámparas del vestíbulo
las luces de la casa
las luces de todas las habitaciones.
Él nunca tocaba las llaves de luz.
Y jamás salía a jugar
en la oscuridad.

Siempre estaba muy solo.
Y muy triste.
Pues veía, desde su ventana,
a los otros chicos jugando sobre el césped
en las noches de verano, corriendo felices allá afuera.

Pero nuestro muchachito ¿dónde estaba?
Arriba en su cuarto.
Con sus linternas y lámparas
y faroles
y candeleros y candelas.
Completamente solo.

A él únicamente le gustaba el sol.
El amarillo sol.
A él no le gustaba la Noche.

Cuan
do llegaba el momento
en que papá y mamá recorrían la casa
apagando todas las luces…
Una a una.
Una a una.
Las luces de la entrada
las luces del salón
las pálidas luces
las rosadas luces
las luces del a despensa
las luces de la escalera…
Entonces el muchachito se metía en su cama.

Tarde en la noche
el niño desdichado
tenía en el pueblo
el único cuarto iluminado.

Y una noche,
mientras papá estaba de viaje
y mamá se acostó temprano,
el muchachito empezó a vagar solo,
completamente solo por la casa.

¡Ah, cómo ardían las luces!
¡Las luces de la entrada
las luces del vestíbulo
las luces de la despensa
las pálidas luces
las rosadas luces
las luces del salón
las luces de la cocina!
¡Hasta las luces del desván!

¡Toda la casa parecía haberse incendiado!
Pero el muchachito todavía estaba solo.
Entretanto los otros chicos,
allá lejos
jugaban sobre los prados en la noche de verano.
Riendo.
Muy lejos.

¡De repente escuchó
un golpe en la ventana!
Algo oscuro estaba ahí.
Un golpe en la puerta de entrada.
¡Algo oscuro estaba ahí!
Un golpe en la puerta trasera.
¡Algo oscuro estaba ahí!

De pronto alguien dijo: -¡Hola!
Una niña estaba ahí en medio de
las luces blancas, de las brillantes luces,
de las amarillas luces, de las luces de maravillas.

- Me llamo Negra –dijo.
Ella tenía el pelo negro
los ojos negros
y llevaba un vestido negro
y zapatos negros.
Pero su rostro era tan blanco como la luna.
Y sus ojos brillaban
como la luz de las blancas estrellas.
-Estás muy solo–dijo ella.
-Me gustaría correr con los chicos afuera–dijo el muchachito-. Pero no me gusta la Noche.

-Yo
te presentaré a la Noche–dijo Negra-.
Y ustedes serán amigos.
Ella apagó la luz de la entrada.
-Ves–le dijo-. No estoy apagando la luz.
¡De ningún modo!
Simplemente estoy encendiendo la Noche.
S
e la puede encender o apagar
igual que una lámpara
con la misma llave de luz.
-Nunca se me había ocurrido eso–dijo el muchachito.
-Y cuando se enciende la Noche–dijo-,
se encienden los grillos…

¡Y las ranas!
¡Y las estrellas!
¡Las luminosas estrellas
las estrellas titilantes
las estrellas azules!
¡El cielo es una casa
con sus luces de entrada
y luces en el salón
luces rosadas y pálidas luces
luces rojas
verdes luces
luces azules
amarillas luces
resplandores
todas las luces!

¿Quién puede escuchar a los grillos con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede escuchar a las ranas con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede ver las estrellas con las luces encendidas?
Nadie.
¿Quién puede ver la luna con las luces encendidas?
Nadie.

¡Fijate cuánto has perdido!

¿Pensaste alguna vez
alumbrar los grillos,
alumbrar las ranas,
alumbrar las estrellas
y la gran luna blanca?

-No–dijo el muchachito.
-Entonces, trata de hacerlo –dijo Negra.
Y ellos lo hicieron.
Subieron y bajaron las escaleras,
encendiendo la Noche.
Encendiend
o la oscuridad,
dejando que la Noche viviera en cada habitación.
Como una rana.
O un grillo.
O una estrella.
O una luna.

Y ellos encendieron los grillos.
Y ellos encendieron las ranas.
Y ellos encendieron la blanca luna semejante a un helado.
-¡Oh, cómo me gusta esto!–dijo el muchachito-.
¿Puedo encender siempre la Noche?
-¡Por supuesto!–dijo Negra.
Y desapareció.

Ahora el muchachito es muy feliz.
Le gusta la Noche.
¡Tiene
una Noche encendida en lugar de una luz encendida!
Le gusta encenderla.
Ha tirado sus linternas
sus lámparas
sus velas
sus velones.
En cualquier noche de verano que quieras,
podrás verlo.

Encendiendo la blanca luna,
encendiendo las rojas estrellas,
encendiendo las azules estrellas,
las verdes estrellas, las luminosas estrellas,
las blancas estrellas,
encendiendo las ranas, los grillos y la Noche.
Y corriendo en la oscuridad
sobre los prados
con los chicos felices…
Riendo

jueves, 28 de febrero de 2013

Odio viajar en auto - POEMA

Autora: Ana María Shua

Viajar en auto es bobo
no es nada divertido,
y de tan aburrido
es casi parecido
a no poder dormir:
¡yo quiero haber llegado
pero no quiero ir!
No quiero contar autos
como ovejitas blancas
que saltan una cerca
que pasan, que pasamos
que van para otro lado,
no quiero ver las torres
de la electricidad
volando tan veloces
que no alcanzo a contar.
Y mi hermanito llora,
papá siempre se enoja,
mamá nos grita basta,
y siento olor a nafta
y quiero irme a mi casa.
Si miro a la distancia
parece que la ruta
está toda mojada.
Mamá dice "Qué lindo,
eso es un espejismo".
A mí me da lo mismo:
ni me parece lindo
ni me parece bello
para ver espejismos
en vez de andar en auto
prefiero ir en camello.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Érase una vez- POEMA

Autor: José Agustín Goytisolo

Érase una vez
un lobito bueno
al que maltrataban
todos los corderos.

Y había también
un príncipe malo,
una bruja hermosa
y un pirata honrado.

Todas estas cosas
había una vez.
Cuando yo soñaba
un mundo al revés.

viernes, 11 de mayo de 2012

El murciélago- RELATO

Autor: Eduardo Galeano

Cuando era el tiempo muy niño todavía, no había en el mundo bicho más feo que el murciélago. El murciélago subió al cielo en busca de Dios. No le dijo: - Estoy harto de ser horroroso. Dame plumas de colores. No. Le dijo: - Dame plumas, por favor, que me muero de frío. A Dios no le había sobrado ninguna pluma. - Cada ave te dará una pluma decidió. Así obtuvo el murciélago la pluma blanca de la paloma y la verde del papagayo, la tornasolada pluma del colibrí y la rosada del flamenco, la roja del penacho del cardenal y la pluma azul de la espalda del martín pescador, la pluma de arcilla del ala de águila y la pluma del sol que arde en el pecho del tucán. El murciélago, frondoso de colores y suavidades, paseaba entre la tierra y las nubes. Por donde iba, quedaba alegre el aire y las aves mudas de admiración. Dicen los pueblos zapotecas que el arcoiris nació del eco de su vuelo. La vanidad le hinchó el pecho. Miraba con desdén y comentaba ofendiendo. Se reunieron las aves. Juntas volaron hada Dios. - El murciélago se burla de nosotras -se quejaron-. Y además, sentimos frío por las plumas que nos faltan. Al día siguiente, cuando el murciélago agitó las alas en pleno vuelo, quedó súbitamente desnudo. Una lluvia de plumas cayó sobre la tierra. Él anda buscándolas todavía. Ciego y feo, enemigo de la luz, vive escondido en las cuevas. Sale a perseguir las plumas perdidas cuando ha caído la noche; y vuela muy veloz, sin detenerse nunca, porque le da vergüenza que lo vean.

Cruel historia de un pobre lobo hambriento - CUENTO

Autor: Gustavo Roldán
- ¿Y cuentos, don sapo? ¿A los pichones de la gente le gustan los cuentos?- preguntó el piojo.
- Muchísimo.
- ¿Usted no aprendió ninguno?
- ¡Uf! un montón.
- ¡Don sapo, cuéntenos alguno!- pidió entusiasmada la corzuela.
- Les voy a contar uno que pasa en un bosque. Resulta que había una niñita que se llamaba Caperucita Roja y que iba por medio del bosque a visitar a su abuelita. Iba con una canasta llena de riquísimas empanadas que le había dado su mamá...
- ¿Y su mamá la había mandado por medio del bosque?- preguntó preocupada la paloma.
- Sí, y como Caperucita era muy obediente...
- Más que obediente, me parece otra cosa- dijo el quirquincho.
- Bueno, la cuestión es que iba con la canasta llena de riquísimas empanadas...
- ¡Uy, se me hace agua la boca!- dijo el yaguareté.
- ¿Usted también piensa en esas empanadas?- preguntó el monito.
- No, no- se relamió el yaguareté-, pienso en esa niñita.
- No interrumpan que sigue el cuento- dijo el sapo; y poniendo voz de asustar continuó la historia-: cuando Caperucita estaba en medio del bosque se le apareció un lobo enorme, hambriento...
- ¡Es un cuento de miedo! ¡Qué lindo!- dijo el piojo saltando en la cabeza del ñandú-. A los que tenemos patas largas nos gustan los cuentos de miedo.
- Bueno, decía que entonces le apareció a Caperucita un lobo enorme, hambriento...
- ¡Pobre...!- dijo el zorro.
- Sí, pobre Caperucita- dijo la pulga.
- No, no- aclaró el zorro-, yo digo pobre el lobo, con tanta hambre. Siga contando, don sapo.
- Y entonces el lobo le dijo: Querida Caperucita, ¿te gustaría jugar una carrera?
- ¡Cómo no!- dijo Caperucita-. Me encantan las carreras.
- Entonces yo me voy por este camino y tú te vas por ese otro.
- ¿Tú te vas? ¿Qué es tú te vas?- preguntó intrigado el piojo.
- No sé muy bien- dijo el sapo-, pero la gente dice así. Cuando se ponen a contar un cuento a cada rato dicen tú y vosotros. Se ve que eso les gusta.
- ¿Y por qué no hablan más claro y se dejan de macanas?
- Mire mi hijo, parece que así está escrito en esos libros de dónde sacan los cuentos.
- Y cuando hablan, ¿También dicen esas cosas?
- No, ahí no. Se ve que les da por ese lado cuando escriben.
- Ah, bueno, no es tan grave entonces- dijo el monito-. ¿Y qué pasó después?
- Y entonces cada uno se fue por su camino hacia la casa de la abuela. El lobo salió corriendo a todo lo que daba y Caperucita, lo más tranquila, se puso a juntar flores.
- ¡Pero don sapo- dijo el coatí-, esa Caperucita era medio pavota!
- A mí me hubiera gustado correr esa carrera con el lobo- dijo el piojo-. Seguro que le gano.
- Bueno, el asunto es que el lobo llegó primero, entró a la casa, y sin decir tú ni vosotros se comió a la vieja.
- ¡Pobre!- dijo la corzuela.
- Sí, pobre- dijo el zorro-, qué hambre tendría para comerse una vieja.
- Y ahí se quedó el lobo, haciendo la digestión- siguió el sapo-, esperando a Caperucita.
- ¡Y la pavota meta juntar flores!- dijo el tapir.
- Mejor- dijo el yaguareté- déjela que se demore, así el lobo puede hacer la digestión tranquilo y después tiene hambre de nuevo y se la puede comer.
- Eh, don yaguareté, usted no le perdona a nadie. ¿No ve que es muy pichoncita todavía?- dijo la iguana.
- ¿Pichoncita? No crea, si anda corriendo carreras con el lobo no debe ser muy pichoncita. ¿Cómo sigue la historia, don sapo? ¿Le va bien al lobo?
- Caperucita juntó un ramo grande de flores del campo, de todos colores, y siguió hacia la casa de su abuela.
- No, don sapo- aclaró el zorro-, a la casa de la abuela no. Ahora es la casa del lobo, que se la ganó bien ganada. Mire que tener que comerse a la vieja para conseguir una pobre casita. Ni siquiera sé si hizo buen negocio.
- Bueno, la cuestión es que cuando Caperucita llegó el lobo la estaba esperando en la cama, disfrazado de abuelita.
- ¿Y qué pasó?
- Y bueno, cuando entró el lobo ya estaba con hambre otra vez, y se la tragó de un solo bocado.
- ¿De un solo bocado? ¡Pobre!- dijo el zorro.
- Sí, pobre Caperucita- dijo la paloma.
- No, no, pobre lobo. El hambre que tendría para comer tan apurado.
- ¿Y después, don sapo?
- Nada. Ahí terminó la historia.
- ¿Y esos cuentos les cuentan a los pichones de la gente? ¿No son un poco crueles?
- Sí, don sapo- dijo el piojo-, yo creo que son un poco crueles. No se puede andar jugando con el hambre de un pobre animal.
- Bueno, ustedes me pidieron que les cuente... No me culpen si les parece cruel.
- No lo culpamos, don sapo, a nosotros nos interesa conocer esas cosas.
- Y otro día le vamos a pedir otro cuento de esos con tú.
- Cuando quieran, cuando quieran- dijo, y se fue a los saltos murmurando-: ¡Si sabrá de tú y de vosotros este sapo!

miércoles, 6 de abril de 2011

El oso - RELATO

Autor: Eduardo Galeano
Los animales del día y los animales de la noche se reunieron para decidir qué harían con el sol, que por entonces llegaba y se iba cuando quería. Los animales resolvieron dejar el asunto en manos del azar. El bando que venciera en el juego de las adivinanzas decidiría cuánto tiempo habría de durar, en lo sucesivo, la luz del sol sobre el mundo. Estaban en eso cuando el sol, intrigado, se aproximó. Tanto se acercó el sol que los animales de la noche tuvieron que huir a la disparada. El oso fue víctima de la urgencia. Metió su pie derecho en el mocasín izquierdo y el pie izquierdo en el mocasín derecho. Así salió corriendo, y corrió como pudo. Según los indios comanches, desde entonces el oso camina hamacándose.

sábado, 23 de octubre de 2010

Charlando un rato - DIÁLOGO

Autor: Luis María Pescetti

- Mire, Don Carlos, lo que son las cosas, si parece que fue ayer que tomé setenta pavas de mate…
- No puede ser cierto…
- ¡¿Qué cosa?!
- Lo de las pavas, Don Santiago, es bolazo.
- ¡Qué va a ser bolazo! Como veinte pavos me comí, de un solo saque… y no sólo pavos, chanchos también.
- ¡Qué chancho ni chancho! Usté dijo pavas, pavas de mate.
- No puede ser… no puede ser, si yo mate no tomo porque me cai mal.
- ¡Ah! ¿Le cae mal el mate, pero pavos y chanchos puede comer?
- Ni probarlos puedo… tengo l’estómago muy delicau, lo que sí me gusta es tomar mate, eso sí, ¿ve?
- ¡Pero… qué dice! ¡Si recién me dijo que le caía mal!
- ¿¡Quién me cae mal!? Si soy amigo de todos acá en el pueblo.
- La comida, me refiero…
- ¡Ah, eso sí! Chancho es lo único que puedo probar, chancho frito nomás.
- Pero no, ¡si chancho es lo más pesado que hay pa’comer!
- Nooo, usté se confunde, el mate es más pesao qu’ el chancho.
- Pero, ¿¡qué dice hombre!? El mate no le cae mal a nadie.
- ¡Ah! No le va a caer, no le va a caer… ¿Y las tortas fritas, ah?
- …pero…estamos hablando del mate, no de las tortas fritas.
- ¡Ve! Ahí es donde usté se equivoca; estábamo hablando de comer chancho y usté me salió con el mate.
- Yo no salí con el mate. ¡Usté salió!
- ¿Con quién?
- Con el mate…
- ¡Ah! Si será zonzo ¡Cómo voy a salir con un mate! Con mi mujer puede ser, pa’ Navidá… estábamo hablando de comer chancho y me dice de ir a pasiar con un mate…
- No, de lo que estábamo hablando era de que el chancho es más pesado, para el estómago, que el mate.
- Y seguro… quién le va a decir lo contrario.
- ¡Usté! ¡Usté! Antes decía que el mate es más pesado que el chancho.
- No, mire… eso no se lo puedo haber dicho porque yo chancho nunca probé.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Había - POEMA

Autora: María Teresa Andruetto

Había
Había una
Había una vez
Había una vez un
Había una vez un perro
Había una vez un perro viejo
Había una vez un perro viejo y torcido
Había una vez un perro viejo y torcido que
Había una vez un perro viejo y torcido que lloraba
Había una vez un perro viejo y torcido que lloraba a mares
A mares lloraba el perro viejo y torcido que una vez había
Lloraba torcido y viejo el perro porque no había mares
Torcido y viejo llorando aquella vez a mares
El perro que lloraba a mares aquella vez
Lloraba como un viejo que está torcido
El viejo perro y torcido lloraba ¿ves?
Lloraba como un perro esa vez
Y había un perro también
Que lloraba en el mar
Lloraba o no sé qué
Y había también
Una historia
Esa vez

sábado, 26 de junio de 2010

Me encantan los dentistas - POEMA

Autora: Ana María Shua

Yo tengo una amiga con más dientes
de los que usa la mayoría de la gente.
Tenemos muchas cosas en común:
nos gusta la ensalada con atún,
los domingos canjeamos revistas,
y a las dos nos encantan los dentistas.
Mi amiga es tan prolija y obediente
que jamás se comería un caramelo
por cuidar de sus muelas y sus dientes.

En su vida probó una golosina
porque sabe que el azúcar es dañina.
Y siempre se limpia con hilo dental
para que nada le vaya a hacer mal.
Pero a veces su mamá la reta un poco:
"Diana Laura, perdóname que insista:
aunque luego te cepilles bien a fondo,
no está bien que te comas al dentista.
¿Por qué no te portas como tu amiga,
que es ejemplo de buena educación?
Aunque vea un odontólogo sabroso
se conforma con darle un mordiscón".

domingo, 16 de mayo de 2010

Reflexión espacial

Autora: Silvia Schujer

Si el astro que más come es un cometa... ¿tendrá en vez de panza una panceta?

Gustos son gustos- CUENTO

Autor: Gustavo Roldán
Ahí estaban el yuchán y el jacarandá, el quebracho colorado y el chañar, las palmeras y el mistol, y el lapacho, esa fiesta de flores rosadas.
Todos los árboles eran grandes y hermosos, pero el algarrobo parecía una guitarra llena de colores y música porque ahí cantaban los pájaros.
La sombra del algarrobo, tan grande, alcanzaba para todos los bichos, y las vainas amarillas colgando de las ramas y desparramadas por el suelo eran hilos de sol y dulzura.
Y ahí estaba el río de aguas marrones, el río del color de la tierra, ese río al que no se podía mirar sin pensar que hay cosas que nunca comienzan y nunca se acaban.
Y al lado del río, a la sombra del algarrobo, estaban el mono y el coatí, el quirquincho y el oso hormiguero, el pequeño tapir y la corzuela y la iguana, y mil animales más. También estaba el ñandú. Y el piojo que vivía en la cabeza del ñandú.
Entonces el grito los sorprendió a todos.
Desde la pluma más alta de la cabeza del ñandú el piojo estaba largando un sapucay que tenía revoloteando a los pájaros y hacía caer algarrobas a puñados.

Siete minutos duró el grito, y fue el sapucai más largo que se hubiera escuchado por esos pagos. Y se hizo tan famoso que ese paraje que se llamaba El Monte de las Víboras, fue conocido desde entonces como El Monte del Sapucay del Piojo.Los pájaros se posaron otra vez en las ramas, las algarrobas dejaron de caer, y el piojo, después de respirar hondo, pudo decir:
-¡Volvió don sapo! ¡Ahí llega don sapo!
Todos los animales corrieron a recibirlo.
-¡Cómo le fue, don sapo! ¡Qué tal el viaje! ¡Cómo hizo, don sapo, cómo hizo! ¿Queda muy lejos? ¿Es cierto que hay mucha gente? ¡Cuente, don sapo, cuente! ¿Es grande Buenos Aires?
-Despacito y por las piedras…que ya parecen porteños por lo apurados.
-Es que estamos curiosos desde que nos enteramos que se había ido a Buenos Aires-dijo el coatí-. ¿Cómo hizo, don sapo?
-Fácil, m’hijo. ¿Usted vio la creciente grande y todos los camalotes que pasaban? Bueno en cuanto vi pasar un camalote que me gustó, salté y me fui.
-¿Y es muy grande Buenos Aires?
-¡Ni le cuento! Pueblo grande, sí, pero todos apurados…
-¿Apurados?- preguntó la cotorrita verde
- ¿Adónde van apurados?
- A ninguna parte. Son costumbres nomás. Será que eso les gusta. Y se la pasan viajando, amontonados, en unas cosas enormes que van para todos lados.
-¿Y eso les gusta?
- Debe ser, porque pagan para hacerlo.
-¡Mire que es loca la gente!- dijo el piojo.
- No diga eso m’hijo. Gustos son gustos… Y cuando vuelven a sus casas se sientan frente a una caja, y ahí se pasan las horas mirando propagandas.
- ¿Propagandas de qué?
- De champú. Se ve que son locos por el champú.
- ¿Y río, don sapo? ¿Tienen río?
- Uno grande a más no poder.
- ¿Más ancho que el Bermejo?
- Más ancho. Dicen que es el más ancho del mundo.
- ¡Qué lindo! – dijo el yacaré-. ¡Ahí se bañarán todos muy contentos!
- ¡Qué se van a bañar! Lo usan para tirar basuras. Está prohibido bañarse ahí.
- Será que no les gusta el río.
- Don sapo –dijo el tapir-,tengo dos preguntas para hacerle: ¿Esas gentes nos conocen? ¿Nos quieren?
- Linda pregunta, pero es una sola, no dos.
- No don sapo, yo le hice dos preguntas.
- Mire chamigo, hay un viejo pensamiento que acabo de inventar que dice: “No se puede querer lo que no se conoce”.
- ¿Y a nosotros no nos conocen?
- No. Conocen muchos animales pero de otro lado. Se ve que les gusta conocer cosas de otro lado, hipopótamos, cebras, elefantes, jirafas, ardillas y un montón más. Pero a nosotros no nos conocen, y por eso no nos quieren.
- Bah- dijo el quirquincho- no saben lo que se pierden.
- Yo me quedé pensando en eso de que usan el río para tirar basuras-dijo el monito-. ¿Y qué les gusta?
- Prohibir. Eso se ve que les gusta. Se la pasan prohibiendo todo el día. Prohibido subir, prohibido bajar, prohibido pisar. Prohibido pararse y prohibido correr. Siempre ponen cartelitos prohibiendo algo.
- Eso sí que no lo entiendo-dijo el coatí-. ¿Y si alguno no le hace caso a los cartelitos?
- Viene la policía y se lo lleva.
- No le veo la gracia-dijo el piojo.
- ¡Qué quiere que le diga, m’hijo! Gustos son gustos.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Autor: Julio Cortázar

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Poema al tomate - POEMA

Autora: Elsa Isabel Bornemann

¡Ay! ¡Qué disparate!
¡Se mató un tomate!
¿Quieren que les cuente?

Se arrojó en la fuente
sobre la ensalada
recién preparada.

Su vestido rojo,
todo descosido,
cayó haciendo arrugas
al mar de lechugas.

Su amigo Zapallo
corrió como un rayo
pidiendo de urgencia
por una asistencia

Vino el doctor Ajo
y remedios trajo.
Llamó a la carrera
a Sal, la enfermera.

Después de sacarlo
quisieron salvarlo,
pero no hubo caso:
¡estaba en pedazos!

Preparó el entierro
la agencia “Los Puerros”.
Y fue mucha gente...
¿quieren que les cuente?

Llegó muy doliente
Papa, el presidente
del Club de Verduras,
para dar lectura
de un “Verso al tomate”
(otro disparate)
mientras, de perfil
el gran Perejil
hablaba bajito
con un rabanito.

También el Laurel
(de luna de miel
con Doña Nabiza)
regresó de prisa
en su nuevo yate
por ver al tomate.

Acaba la historia:
ocho zanahorias
y un alcaucil viejo
formaron cortejo
con diez berenjenas
de verdes melenas
sobre una carroza
bordada de rosas.

Choclos musiqueros
con negros sombreros
tocaron violines,
quenas y flautines,
y dos ajíes sordos
y espárragos gordos
con negras camisas
cantaron la misa.

El diario “ESPINACA”
la noticia saca.
HOY, ¡QUÉ DISPARATE!
¡SE MATÓ UN TOMATE!

Al leer, la cebolla
lloraba en su olla.
Una remolacha
se puso borracha.
—¡Me importa un comino!
dijo Don Pepino...
y no habló la acelga
(estaba de huelga).

martes, 3 de noviembre de 2009

Naufragio- MICROFICCIÓN

Autora: Ana María Shua

¡Arriad el foque!, ordena el capitán. ¡Arriad el foque!, repite el segundo. ¡Orzad a estribor!, grita el capitán. ¡Orzad a estribor!, repite el segundo. ¡Cuidado con el bauprés!, grita el capitán. ¡El bauprés!, repite el segundo. ¡Abatid el palo de mesana!, grita el capitán. ¡El palo de mesana!, repite el segundo. Entretanto, la tormenta arrecia y los marineros corremos de un lado a otro de la cubierta, desconcertados. Si no encontramos pronto un diccionario, nos vamos a pique sin remedio.

Maldición de Dragón

Autor: Gustavo Roldán

Que tengas comida hasta estar harto todos los días de tu vida. Y que vivas muchos años. Que nunca te falten ni el agua ni la luz. Que los senderos sean suaves cuando los camines. Que las espinas se aparten de tu lado. Que tus enemigos te dejen pasar sin atacarte. Que ningún dolor te hiera en el costado. Que nadie te lastime a traición. Que nadie te ofenda ni siquiera con un gesto. Que tengas todo lo que se pueda desear, por largos, larguísimos años. Pero que te falte el amor.